De la emergencia a la resiliencia: la ciencia local al servicio del campo
Por Macarena San Martín, seremi de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación para las regiones de O’Higgins y Maule.
Las regiones de O’Higgins y Maule representan el motor agrícola de Chile: en sus campos se siembra y cosecha gran parte de los alimentos que abastecen las mesas del país y los mercados internacionales. Sin embargo, el escenario en que opera nuestra agricultura ha cambiado radicalmente. La variabilidad climática ya no es un pronóstico de futuro, sino una realidad cotidiana, marcada por períodos prolongados de sequía, precipitaciones intensas en breves ventanas de tiempo, heladas fuera de temporada y olas de calor sin precedentes. Ante este desafío, la respuesta no puede seguir limitándose a la gestión de la emergencia ni a la resignación frente al clima: el camino hacia la sostenibilidad y la soberanía alimentaria radica en transformar el conocimiento en soluciones concretas, a través de la ciencia, la tecnología y la innovación aplicada desde y para los territorios.
La Macrozona Centro-Sur alberga un ecosistema científico de excelencia, donde universidades, centros de investigación e institutos tecnológicos locales desarrollan herramientas a la medida de nuestras cuencas y suelos: sensores de humedad de alta precisión que optimizan cada gota de agua en los sistemas de riego, modelos predictivos basados en inteligencia artificial para anticipar plagas y eventos meteorológicos extremos, y biotecnología vegetal orientada a seleccionar cultivos más resistentes al estrés hídrico y térmico. Esta sinergia entre el conocimiento científico y la tradición agrícola nos permitirá proteger la producción de alimentos en un planeta en transformación. La ciencia aplicada, afirma San Martín, “no es una herramienta abstracta ni lejana; es la aliada estratégica de nuestros agricultores”, pues el acceso a la tecnología y al conocimiento generado por las universidades protege el sustento de miles de familias y garantiza la soberanía alimentaria del país.
El desafío actual exige profundizar la articulación entre el sector público, la academia, el mundo privado y las comunidades agrícolas. No basta con generar investigación de vanguardia en los laboratorios: es indispensable que ese conocimiento se traduzca en transferencias tecnológicas efectivas, accesibles tanto para la pequeña agricultura familiar campesina como para la mediana y gran industria agroexportadora.

















